- Hace 24 años …
- 24 May, 2009
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Esta es la historia de Roofia Shahidi-Asdaghi. Su padre, el Sr. Ni’matu’llah Katibpur-Shahidi fue detenido en Mashhad y trasladado a la
prisión de Kashmar, donde fue ejecutado por un pelotón de fusilamiento después de 23 días, el 25 de julio de 1981. Su marido, el Dr. Farhad Asdaghi, fue miembro de la tercera Asamblea Espiritual Nacional de los bahá’ís de Irán elegidos después de la Revolución Islámica, quien fue ejecutado en la horca el 16 de noviembre de 1984. Traducido por Gloria Yazdani.Por Roofia Shahidi-Asdaghi
24 años han pasado, pero parece que fuera ayer cuando, junto con mi hijo un año de edad, y mi suegra, entramos a la prisión de Evin, co
n la esperanza de visitar a mi marido. Sólo habíamos podido verlo en dos ocasiones desde su detención, la segunda visita dos semanas después de la primera.
Dos semanas antes, también, nos habían dado hora para una visita, que no llegó a trascender. Pasando por un proceso de lo que parecía ser una carrera de obstáculos, habíamos llegado a la sala de visitas, tan sólo para escuchar a las autoridades decir que mi marido no estaba allí y que no podríamos reunirnos con él. Nuestra insistencia y nuestras súplicas resultaron inútiles, y por desgracia, aunque fuera difícil aceptar lo que estaban diciendo y aún más difícil de soportar no poder ver a mi marido, no tuvimos más remedio que aceptar su palabra. Me pidieron que esperara su llamada y prometieron concedernos otra visita pronto.
Habían transcurrido otras dos semanas, tiempo durante el cual no salí de casa por temor a que las autoridades pudieran llamar y yo no estuviera allí para recibir la llamada. Cada vez que el teléfono sonaba, corría a contestar con emoción y con la esperanza de que fueran las autoridades penitenciarias, cumpliendo su promesa… Pero, por desgracia, la llamada no llegó…
Aquel día, habíamos partido de nuevo a Evin, con impaciencia por calmar nuestros doloridos corazones con una visita, después de un mes de estar en absoluta oscuridad sobre la condición de mi marido. Esta vez, nos dijeron desde el principio que no podría haber una visita ese día… Pero seguí insistiendo y expliqué el proceso por el que ya habíamos pasado. También les dije que no nos iríamos de la cárcel sin ver a mi marido, y que nos quedaríamos allí toda la noche si fuera necesario.
Viendo que yo estaba muy agitada, el hombre encargado de la visita me dio un número de teléfono, nos pidió que saliéramos de las instalaciones y dijo que si le llamaba después de una hora, quizás podría hacer algo…
Una vez más, tuve que confiar en las palabras del hombre… Pasamos una hora fuera y luego llamé al número desde una cabina de teléfono público. Primero me hizo una serie de preguntas para determinar mi identidad y, una vez que se aseguró de que era yo, ¡me informó de que habían ejecutado a mi querido y joven marido la noche anterior! Me di cuenta de que me podía haberme comunicado esta devastadora noticia en la cárcel, pero que, preocupado por nuestra reacción frente a los demás, nos había enviado fuera…No sé cómo describir mis sentimientos en ese momento… Ni la lengua es capaz de relatar mi desolación, ni la pluma puede describir mi angustia… Mis piernas se entumecieron y no podían soportar el peso de mi cuerpo y, mientras estaba inclinada contra la pared de la cabina de teléfono, intentaba lidiar con la forma en que podría comunicar la noticia a mi suegra… Una madre que había ido a visitar a su amado hijo, sólo para recibir noticias de su ejecución…
Cuando fuimos al cementerio Behesht-e-Zahra [1] para preguntar sobre el paradero de la tumba de mi esposo, nos dieron la dirección de un lugar llamado “Khatoon Abad”, que tenía el apodo de “Kufr Abad” [2] y era el lugar donde solían enterrar a los que eran ejecutados. Este lugar más tarde también llegó a conocerse como el “cementerio de Khavaran”, porque se encuentra en la carretera de Khavaran [3]. Nos dieron un número de parcela y nos dijeron que mi amado esposo estaba enterrado allí, pero, por desgracia, al llegar allí, nos dimos cuenta de que la tumba pertenecía a un ser querido de otra familia, ejecutado tiempo atrás.
Nunca he descubierto el emplazamiento de la sepultura de mi marido, ni qué parte exactamente (dentro de la inmensidad de la llanura de Khavaran) abrazaba su bendito cuerpo… Ni siquiera nos dieron su cuerpo sin vida, para que pudiéramos lavarlo de acuerdo con las leyes de la Fe que él había abrazado, recitar oraciones bahá’ís y enterrarlo con el debido respeto …
No nos informaron de su difícil situación, ni supimos cómo fue juzgado y ejecutado… ¡Oh! cómo desearía que, al menos, me hubieran devuelto su anillo de bodas y su reloj, para que los pudiera haber guardado como recuerdo para su hijo, que entonces no era más niño que un año y cuatro meses…
¡Cómo me gustaría haber visto su última voluntad y testamento, a fin de que (incluso si fui privada de verle durante su última hora en la tierra) pudiera haber sido testigo por lo menos de sus últimos deseos… ¡Oh!, cómo me gustaría haber estado en el tribunal en su juicio, que se había llevado a cabo a puerta cerrada y sin acceso a un abogado o al menos a los privilegios que constituyen los derechos humanos más básicos.Ojala pudiera haber estado presente para ver cómo el juez dictó tal sentencia y en qué testimonios o pruebas basó una sentencia de muerte a un joven médico que no tenía otro deseo en su corazón, sino el de estar al servicio de los necesitados y de sus compatriotas y que de hecho había estado a la altura de su deseo en su corta vida terrenal…
¡Oh!, cómo me gustaría saber si el juez, al firmar la sentencia de muerte, le dio alguna oportunidad (ni siquiera por un fugaz, efímero, momento) a la inocencia del joven que estaba sentado ante de él… ¿Habría escuchado siquiera sus palabras sólo por unos breves minutos? ¿O se habría fijado en su mirada pura, sus ojos inocentes, por un instante?
Años de amarga separación han pasado, uno tras otro. ¡Ah, pero qué difíciles han sido! Sin embargo han pasado y durante todos estos años, cada vez que he ido al cementerio de Khavaran (que es también el hogar de los restos de muchos de nuestros compatriotas y de otros 50 ó 60 bahá’ís mártires) he levantado mi manos suplicantes en oración ante su tumba desconocida y sin nombre, y he deseado en mi corazón que algún día pudiera descubrir el lugar exacto donde descansa su cuerpo. Anhelaba encontrar su lugar de descanso, para que su hijo, que ha crecido hasta convertirse en un buen hombre joven, supiera que en este vasto espacio yacía su padre, quien no había cometido ningún crimen, salvo el de prestar servicio a la humanidad y que pasó su vida en ese camino.
Pero ya no me queda más recurso que lamentar y deplorar el imposible cumplimiento de mi deseo, pues después de todos los años de ansia, ahora he oído que han derribado el cementerio y destrozado la tierra; han arrancado incluso los árboles que se habían plantado allí, de modo que no queda ni el más mínimo rastro ni de él, ni de los demás… [4]
Ahora mi corazón llora y se lamenta de angustia y me aferro a las palabras de Simin Daneshvar [5], quien dice en su libro “Suvushun” [6]:
“¡No llores mi hermana! ¡Un árbol será plantado en el patio de tu casa y, en tu ciudad, otros árboles crecerán, y luego muchos más en tu nación! Y la brisa flotará sobre toda la tierra y entregará las noticias de un árbol a otro y los árboles le preguntarán: ¿Viste el “amanecer” a lo largo de tu camino…? ”
Notas:
[1] el mayor cementerio de Teherán.[2] Literalmente significa “la tierra de la blasfemia”, el cementerio se hizo conocido por este nombre porque era el cementerio donde enterraban a los no musulmanes, como los hindúes, los judíos y los cristiano. Sin embargo, más tarde se convirtió en un vertedero de mártires religiosos y políticos.
[3] En 1988, el cementerio fue utilizado como fosa común para miles de cadáveres pertenecientes a los presos políticos que habían sido ejecutados.
[4] El 25 de enero de 2009, se informó de que el cementerio de Khavaran había sido destruido por orden de la República Islámica.
[5] Simian Daneshvar es quizás una de las primeras mujeres novelistas de Irán y es considerada por muchos como “la madre” de las novelistas iraníes.
[6] La palabra “Suvushun” [dialecto Shirazi] se forma “Sug-e-siyavushan”, que significa lamentaciones o duelo para Siyavush (un personaje de la epopeya Ferdusi Shahnamih). El libro es una novela (una de las novelas más exitosas iraníes hasta la fecha) sobre la vida de las tribus en los alrededores de la ciudad natal del autor de Shiraz.
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