- Homenaje a una red informal de coordinación: los Yarán y los Khademin
- 19 March, 2009
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El 5 de marzo de 2009, la Casa Universal de Justicia informó a los bahá’ís de Irán que los 7 miembros del grupo de Yaran, desde sus celdas en la prisión, habían decidió disolver los órganos administrativos bahá’ís, nacionales y locales, que supervisaban de forma informal las actividades de carácter social y atendían colectivamente a las necesidades espirituales de una comunidad religiosa de 300.000 personas. Esta decisión fue tomada en respuesta a una carta reciente del Fiscal General de Irán, el ayatolá Dorri Najafabadi, dirigida al Ministro de Inteligencia, en la que declaraba ilegales a estos grupos nacionales y locales.
Paradójicamente, el ayatolá Najafabadi llamó a la disolución de un conjunto de órganos que, de hecho, se habían constituido mediante un proceso que había dado comienzo con un anuncio hecho hace 25 años por su predecesor. El 29 de agosto de 1983, Seyyed Husein Musavi Tabrizi declaró ilegales todas las actividades administrativas bahá’ís, exigiendo así la disolución de la Asamblea Espiritual Nacional de Irán, junto con alrededor de 400 asambleas locales que operaban bajo su jurisdicción. Esto commocionó a los bahá’ís que viven en Irán, quienes fueron testigos de la disolución repentina de una estructura administrativa que ha evolucionado lenta y minuciosamente a lo largo de un siglo, y que forma parte de una empresa destinada a crear una comunidad religiosa en todo el mundo que funcionara no bajo el gobierno de un clero paternalista, sino a través de la autoridad de una administración elegida democráticamente.
El shock inicial, sin embargo, fue rápidamente asimilado. Pronto, las familias bahá’ís que vivían cerca unas de otras, se organizaron , en cada distrito o barrio y comenzaron a celebrar sus modestas pero animadas fiestas y reuniones. La red informal creada y mantenida de esta manera ayudó no sólo a proteger a la comunidad en un momento de muchas dificultades, sino también a dirigir los bahá’ís hacia aquellas personas que pudieran ayudar a satisfacer sus necesidades particulares, desde la celebración de una ceremonia matrimonial hasta el envío de una carta de presentación de un viajero bahá’í. Por lo general, estos individuos eran antiguos miembros de los órganos administrativos bahá’ís disueltos, personas que sabían cómo se solían hacer las cosas en la época de los órganos administrativos oficiales y que aún podían usar sus conocimientos y experiencia, junto con su extensa red de contactos, para ayudar a los demás miembros de sus comunidades a abordar sus necesidades especiales. De forma casi automática, estas personas se convirtieron en nodos que conectaban a la comunidad bahá’í en cada localidad con las de otras localidades, creando así una red nacional de relaciones informales a través de la cual toda la comunidad conseguía satisfacer sus necesidades.
Pero los bahá’ís no fueron los únicos que se volvían hacia estas personas en ausencia de sus asambleas espirituales locales y nacionales. No mucho después de la disolución de los órganos administrativos bahá’ís en Irán, los agentes de inteligencia de la República Islámica se dieron cuenta de que si quierían controlar y limitar de manera eficaz las actividades de los bahá’ís, debían establecer un contacto estrecho con las personas que tenían autoridad, si no oficial, moral sobre sus comunidades. De hecho, decidieron que necesitaban que la red no oficial de relaciones que había crecido en torno a estos individuos se convirtiera en algo menos informal y estuviera definida más claramente. Para ellos, una jerarquía de autoridad abiertamente definida era mucho más fácil de gestionar y controlar que una red de relaciones vagamente definida.
Esto, en efecto, alentó a los funcionarios de la inteligencia iraní a entablar un diálogo directo con miembros destacados de la comunidad bahá’í iraní, lo que en última instancia llevó a definir de forma precisa la estructura y las funciones de los grupos de personas quienes, bajo los títulos de Yaran y Khademin, hasta hace poco tiempo actuaban organizando y dirigiendo los asuntos de la comunidad bahá’í a nivel local y nacional. Durante veinte años, estos grupos atendieron a las necesidades y actividades de la comunidad bahá’í de Irán, mientras que sus acciones eran vigiladas estrechamente, y frenadas de forma regular por el aparato de inteligencia del régimen.
Ahora, sin embargo, el Fiscal General ha declarado ilegales a estos órganos. La razón no está clara. Quizás el régimen islámico ha llegado a la conclusión de que estos grupos, a pesar de todas las limitaciones que se les han impuesto, han logrado operar a largo de las dos últimas décadas como eficaces alternativas a los organismos nacionales y locales que trataron de destruir. Tal vez los funcionarios estén descontentos con el hecho de que la comunidad bahá’í de Irán haya conseguido sobrevivir a las dificultades, y tan sólo buscan otras alternativas que les ayuden a aplastarlos. Sin embargo, el problema quizá sea que las autoridades chiítas aún no asimilan el hecho de que una comunidad religiosa pueda sobrevivir a las pruebas de la opresión, no cediendo ante la autoridad de un grupo religioso de élite, sino materializando la carismática autoridad de sus fundadores en un orden administrativo que se crea, se rige, y avanza gracias cada miembro individual de la comunidad.
Ahora, uno de los desafíos de la comunidad internacional es elevar la voz para convencer a los clérigos que están en el poder de que abandonen su estado de negación, reconozcan la legitimidad de las otras fuentes de autoridad religiosa, y concedan a la comunidad bahá’í de Irán el derecho a reunirse y a preservar sus instituciones sagradas, siendo reconocidas oficial y plenamente.
Sin embargo, en vista de la experiencia del pasado, siendo realistas podemos suponer que la élite clerical iraní, en su mayor parte, ya que está entregada a su propia dominación de la nación, no aceptará voluntariamente conceder libertad a un grupo, los bahá’ís, cuyo mensaje central y su misma existencia (sin necesidad de dirigir palabra alguna contra el clero) niegan la imposición de una hegemonía clerical, cualquiera que sea, sobre el conjunto de la sociedad (la doctrina conocida como vilayat-e faqih, o tutela de los juristas islámicos, que Jomeimi introdujo para justificar el dominio del clero).
Por lo tanto, abrigamos la esperanza de alcanzar un objetivo más viable: que el clamor internacional pueda aplacar los impulsos de los miembros más virulentos del ejecutivo iraní, y salvar así la vida de los Yaran encarcelados, quizás logrando incluso su liberación de la cárcel sin recibir nada más grave que una sonada advertencia.
No obstante, en vista de la actual situación de efervescencia social en la nación iraní, y de las recientes declaraciones publicadas por Iran Press Watch (”Estamos avergonzados” y otras), que sugieren que hay una conciencia mucho mayor entre las élites intelectuales iraníes de las injusticias sufridas por los bahá’ís en el país desde hace mucho tiempo, y de que han de de expresar su solidaridad con sus compatriotas, quienes han sufrido tanto bajo el régimen islámico, puede ser que ahora también haya llegado la hora de que los bahá’ís tiendan la mano a estos artistas, científicos y defensores de los derechos humanos y compartan su creencia en la necesidad de la reforma social. Naturalmente, la Fe bahá’í evita estrictamente participar en cualquier cosa que huela a política, pero el éxito de los esfuerzos desplegados por los bahá’ís a nivel local por mejorar las normas morales, elevar el nivel de tolerancia social y crear cohesión social pueden ser casos en los que la cooperación entre bahá’ís y otros grupos a fin de atender las apremiantes necesidades del pueblo iraní podría servir de punto de partida de una nueva línea de acción destinada a transofrmar la sociedad.
En última instancia, el único medio por el cual la situación de los bahá’ís, así como la de todos los demás grupos sociales que son reprimidos por el actual régimen Islamista, podría mejorar, sería mediante un aumento paulatino de la conciencia del pueblo iraní de la necesidad de trabajar juntos, hombres y mujeres, por el bien de todos los grupos sociales en Irán. La razón por la que el clero se opone con tanta vehemencia al contacto entre los bahá’ís y sus vecinos se debe a que la puesta en práctica de los principios bahá’ís de amor mutuo y confianza, del esfuerzo conjunto por el bien de todos, acabaría por socavar su control reaccionario sobre las mentes del pueblo iraní.
Los esfuerzos del clero por mantener la ignorancia y la intolerancia entre el pueblo iraní están destinados a fracasar; la humanidad ha alcanzado un nivel de madurez en el que estos esfuerzos no pueden durar mucho más tiempo. Abrigamos la esperanza de que la cooperación entre los bahá’ís y otros grupos que perciben la necesidad de abrirle los ojos al pueblo iraní sobre la importancia de ayudarse mutuamente para contribuir al progreso de la sociedad sea ricamente recompensada mediante la eliminación de los obstáculos que en la actualidad impiden la verdadera expresión del espíritu de este gran pueblo.
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