- Memorias de un bahá’í iraní: “Las bendiciones que el régimen islámico de Irán ha conferido a mi familia.”
- 24 May, 2009
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De un bahá’í iraní
Hace algún tiempo, Iran Press Watch invitó a sus lectores a compartir sus memorias de los últimos 30 años de régimen islámico. Uno de nuestros lectores ha compartido con nosotros lo siguiente. Por razones de seguridad, esta vez no revelaremos el nombre del autor.
Hace poco (en febrero de 2009), Ayatollah Qorban-Ali Dorri-Najafabadi, el fiscal general del la República Islámica de Irán, declaró que todas las actividades administrativas bahá’ís eran ilegales. Añadió que los bahá’ís, como ciudadanos de la República Islámica de Irán, se habían beneficiado de todas las oportunidades que se ofrece a todos los ciudadanos del país y que incluso el gobierno islámico les había dado un trato más favorable que a otros. Estos anuncios trajeron a mi memoria los muchos favores otorgados a mi familia durante los últimos treinta años (recuerdos que, hasta entonces, había estado intentando olvidar consciente o subconscientemente).Este “trato favorable” empezó poco después de la revolución y del establecimiento del régimen islámico en Irán. A mi madre, que era una profesora jubilada, le quitaron su pensión. Siempre nos decía que la pensión de una profesora es como un pequeño chorro de agua, no es gran cosa, pero fluye constantemente. Ese fue su premio por haber pasado treinta años de su vida enseñando lo mejor que podía, pasando las noches en casa preparando clases, corrigiendo deberes y evaluando exámenes.
Poco después, expulsaron a todos los bahá’ís de las oficinas, organizaciones y universidades gubernamentales. Mi hermano y su mujer, así como muchos otros, recibieron cartas del gobierno revolucionario recién establecido informándoles de su despido debido a su asociación a la “desviada secta bahá’í”. Tenemos en nuestra posesión las cartas originales y sus traducciones oficiales al inglés. Estos fueron los “favores” que el gobierno les otorgó tras muchos años de servicio.
Mi hermana mayor terminó su postgrado de ciencias justo antes de que se expulsase a los bahá’ís de las universidades. Había hecho mucha investigación en el campo de la medicina. En un país en vías de desarrollo en el que sólo un pequeño porcentaje de los graduados de secundaria tienen acceso a estudios posteriores, habría podido hacer una aportación inmensa al progreso y desarrollo de nuestro país, pero se le prohibió acceder al campo laboral. Pocos meses después, recibió una carta de las autoridades en la que se dirigían a ella como “graduada en postgrado de ciencias” y añadiendo después que su título de postgrado era inválido y pidiéndole que devolviese el certificado a la dirección que se le indicaba. El mismo saludo de la carta confirmaba su derecho a un título del que se habían decidido a privarle.
Dos años más tarde, las milicias islámicas se presentaron ante la puerta de nuestra casa, armados con metralletas, y lo hicieron en mitad de la noche para asegurarse de que la experiencia fuera lo más aterradora y espeluznante como fuera posible. ¡Perdón, debería decir, para colmar a mi familia con aun más “favores”! Ordenaron a cada miembro de la familia a entrar en una habitación diferente, nos interrogaron a todos y después se llevaron con ellos a mi hermana menor e informaron a mi familia de que la llevaban para interrogarla y que la mandarían de vuelta a casa al día siguiente.
Durante días y días no supimos nada de su paradero. Estuvo casi dos años en prisión hasta que la dejaron libre bajo fianza. También era una graduada universitaria inteligente y muy motivada, alguien que podría haber contribuido mucho al desarrollo del país. En vez de eso, se pasó la mayoría de sus días mirando a paredes blancas. Interrogaban regularmente a mi hermana y a las otras detenidas; les forzaban a contestar a las mismas preguntas una y otra vez. Escuchaban lo que les predicasen y soportaban en silencio los insultos a su fe. También les enseñaban “artesanía” en prisión. Tenían que guardar los huesos de los dátiles que les daban como parte de sus raciones de comida, frotarlos contra las paredes de cemento de sus celdas, darles forma de prisma rectangular, remojarlos en agua y, con ayuda de una aguja y un cordel, unir unos cuantos. ¡Espero que algún día haya una exhibición de estas obras de arte, para que el mundo pueda ver cómo un país usaba los talentos de sus graduados universitarios para crear obras artesanales tan valiosas y útiles!
Mi familia siguió recibiendo “bendiciones”. Después de esto, las milicias islámicas decidieron confiscar nuestra casa. Durante cierto tiempo, dos militantes enormes aparecían regularmente ante nuestra puerta, intimidando y amenazando a mi padre para obligarle a evacuar voluntariamente a toda su familia de su propia casa. También llevaban a mi padre, un hombre débil de 70 años, a su oficina. Lo sentaban y le ponían la punta afilada de una regla metálica sobre la cabeza y entonces, le insultaban y le amenazaban con movimientos bruscos de la regla. Lo único que podía hacer mi padre era quedarse ahí, preguntándose si aquella vez la regla aterrizaría sobre su cabeza o no.
Como las amenazas no funcionaron, las autoridades islámicas expidieron una notificación de desahucio, ordenando a mi familia a evacuar la casa en 24 horas o nos arrestarían a todos. Para hacer que todo el proceso fuera incluso más agradable, los militantes calcularon la hora de la entrega de la notificación de desahucio de modo que sólo nos quedaban 3 horas antes de que expirase la hora límite. Nuestros benditos vecinos vinieron a discutir con las autoridades hasta que nos dieron unas pocas horas más para desalojar la casa. Los vecinos iban y venían, llevándose todo lo que podían de nuestra casa a las suyas para guardarlo temporalmente.
Estos son los mismos vecinos que el gobierno islámico ha estado intentando volver en contra de sus compatriotas bahá’ís desesperadamente, infundiendo miedo mediante recogidas de firmas, incitando al odio y provocando. Aunque mi familia ya no vive ahí, desde que nos fue conferida la “bendición” de quedarnos sin hogar, después de un cuarto de siglo, los lazos de amistad con nuestros vecinos de entonces son más fuertes que nunca. La atención negativa que mi familia ha recibido de las autoridades islámicas durante todos estos años, no sólo ha fracasado en asustar a nuestros amigos y vecinos, sino que los ha inspirado a investigar las creencias de este segmento de la población tan perseguido.
Pero este torrente de “favores” no se ha limitado a nuestra generación, ni a la de nuestros padres. Nuestros hijos y nietos también son receptores de este continuo flujo de “bendiciones”. Están creciendo y viviendo en una sociedad decidida a difundir mentiras, insultos y odio mediante la radio, la televisión, los periódicos y otras publicaciones controladas por el gobierno. Mis sobrinos reciben insultos constantemente en sus clases y no pueden salir en su propia defensa, porque cualquier respuesta se puede interpretar como una actividad ilegal de enseñanza. Las mentiras retumban en los oídos de sus jóvenes compañeros de clase, instilando en ellos tanto miedo, que gritan de terror con tan solo ver a sus compañeros bahá’ís. El ambiente de terror que algunos profesores establecen en sus clases tendrán de seguro un efecto negativo duradero en las mentes de sus alumnos. Hace poco, detuvieron a una familiar cercana. Estuvo semanas y semanas en confinamiento solitario, hasta que la dejaron en libertad bajo una fianza muy cara y sin decirle si la volverán a llamar para interrogarla.
Esto sólo es un resumen del “trato favorable” que una familia bahá’í ha recibido y tan sólo unos pocos ejemplos de los muchos “favores” que siguen lloviendo sobre ellos constantemente. Sin embargo, hay innumerables familias bahá’ís que han sufrido con tanta intensidad, que todas las “bendiciones” de las que mi familia se ha podido beneficiar parecen insignificantes en comparación.
Firmado
Un bahá’í iraní.
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