- Prefiero partir hacia la eternidad a tus manos
- 15 April, 2009
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Si bien Iran Press Watch mantiene la estricta política de proporcionar enlaces o fuentes de todas las historias que publica, preferimos no divulgar la identidad del autor de este informe, ya que pondría en peligro su vida.
Ya ha transcurrido mucho tiempo desde aquellos días. Habían llevado al hombre a Teherán para completar su interrogatorio y no podía negarse a responder. Era muy consciente del asiento vacío de su celda. No le iban a dar su celda a nadie más, ya que él vendría de vuelta. Transcurrido algún tiempo regresó. Le juzgaron durante algunos días y luego, a diferencia de antes de que fuera a Teherán, se le permitió venir a vernos en nuestra celda colectiva. Una vez nos contó la siguiente historia. Relataré las piezas que voy a intentar reunir de las distintas partes de mi mente y memoria. Aunque es dolorosa, tiene un firme mensaje que tendrá un profundo impacto en cada lector. Escuchad lo que él sufrió y lo que nos contó:
Me habían traído a Teherán para unos pocos días. Yo estaba solo en una celda. A veces, me llevaban a un interrogatorio e intentaban con el mayor esfuerzo convertir lo que yo les decía en lo que ellos querían escuchar; también me permitían escribir mis respuestas y firmar al final como confirmación. Un día me despertaron al amanecer. No sabía lo que pasaba. El mismo hombre que me interrogaba estaba en la puerta. Me dijo, “¡Levántate! Hoy se te otorga la mayor recompensa que hayas podido ver hasta ahora! “Me levanté, y salí con él y uno o dos más. Nuestro destino era desconocido para mí.
Caminamos cierta distancia y llegamos a un contenedor que utilizaban como habitación. Estas habitaciones temporales se usan aquí y allá, y se pueden sustituir cuando quieran. Había algunas cuerdas colgadas del techo, uno o dos hombres ya habían sido ahorcados y se veían cuerpos muertos en el suelo. El hombre dijo, “Mira con atención; te lo explicaré más tarde.” No puedo describir lo que sentí entonces. No sé si los ahorcados eran culpables o inocentes; de todos modos, las almas de estos desventurados se habían disparado hacia el cielo y sus cuerpos tenían que ser enterrados debajo de la tierra. Continuamos caminando. En la madrugada de ese día, el interrogador, como si hubiera ganado una gran victoria, caminaba arrogantemente, como si pudiera desafiar al mundo entero.
La misma historia se repitió. Otra habitación, más cadáveres y cuerpos que colgaban sin movimiento alguno, como si sus almas no hubieran visto ningún valor en este mundo que les atrajera a permanecer más tiempo y hubieran dejado atrás sus cuerpos para el interrogador, quien se la merecía. Las mismas palabras, el mismo comportamiento y nada más.
Fuimos y entramos en la tercera sala. Había una cuerda colgada del techo, el extremo de la soga tenía forma de aro, un hombre se encontraba debajo de la cuerda en espera sobre un taburete, las manos atadas en la espalda. El interrogador dijo, “Tu religión dice que debes obedecer al gobierno, y ahora soy yo el gobierno, ya que soy su representante oficial. Por lo tanto, debes observar lo que te digo.” Dejó de hablar, y como tenía por costumbre, me miró fijamente a los ojos para ver cuál sería mi reacción. Entonces, echó un vistazo al hombre que estaba debajo de la cuerda, yo no lo conocía en absoluto. Una vez más, su horrible voz se escuchó, “Sube” y yo subí. “¡Pon la soga en su cuello!” Dudé por un momento y miré directamente a los ojos del hombre que me esperaba, y le dije: “No sé quién es usted. Yo soy tal y tal persona de tal o cual ciudad. Estoy aquí, en esta ciudad, por algunos días para ser interrogado y dar algunas respuestas y, a continuación volveré a mi ciudad. Soy bahá’í”.
El hombre que estaba en el taburete me miró cariñosa y amablemente y dijo: “Estoy muy feliz de irme a la eternidad por tus manos, es preferible que ser ahorcado por las suyas”, y señaló al interrogador. Luego continuó: “Yo soy tal y tal persona, de entre el pueblo de Bahá, al igual que tú, y ahora estoy haciendo un largo viaje para tener el honor de ver a mi querido Bahá. Por lo tanto, no te preocupes y no temas tanto. Haz lo que él dice. Estoy ansioso por ir, he estado ansioso mucho tiempo y estoy feliz ahora que ha llegado el momento para ello”.
Admiré su tenacidad, arrojé una mirada detrás de mí, al interrogador. Estaba esperando a ver lo que hacíamos y cual sería nuestra reacción. Miré al hombre bahá’í de nuevo y le abracé y luego le besé y le dije adiós, deseándole un buen viaje. Entonces le puse la soga alrededor del cuello. El interrogador dijo, “quítale el taburete.” Quité el taburete. El hombre quedó liberado en el aire con la soga apretada alrededor de su cuello. Vi un pequeño movimiento de su cuerpo que no se volvió a ver después de algún tiempo. Había una bonita sonrisa dibujada en sus labios, como si hubiera visto a su amado Maestro en el momento de salir de aquí, a quién le había abierto sus brazos para abrazarlo sabiendo que Él estaba listo para darle la bienvenida.
El hombre se alzó al cielo, pero su cuerpo sin vida estaba colgado ahí en la cuerda. Regresé a mi propio mundo y, acompañado por el interrogador, volví a mi celda con este recuerdo doloroso grabado profundamente en mi alma, que se mantuvo conmigo. Ahora, este pensamiento me duele: si yo hubiera podido abstenerme de obedecer al interrogador, y si era la Voluntad de mi Dios amoroso o el deseo del interrogador, que no conoce el significado del amor en absoluto.
Ahora, han transcurrido años desde aquel día en el que, dolorosamente, nos relató esta historia. No pasó mucho tiempo después de ese día cuando él mismo realizó el mismo viaje. Una bala entró en su cráneo, por la parte posterior izquierda, y salió por su mejilla. Después de un momento su alma estaba en la presencia de su Amado, y su carne estaba lista para regresar a la tierra. Cuando su cuerpo fue acompañado y escoltado por numerosos vehículos y personas en esa ciudad, todo el mundo preguntaba: “¿Quién es él, que tantas personas lo escoltan?” Los guardias tuvieron la amabilidad de contestar a la gente que “llevaban a un mártir.”, y de hecho, fue un mártir que demostró la verdad de su Amado. Que su alma sea feliz ahora, y pueda su memoria ser apreciada para siempre.
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